La Leyenda de “Fuente Blanca” en Cumbres de San Bartolomé

lobo en cerro

El lobo, nuestro compañero de viaje por la vida

En el municipio de Cumbres de San Bartolomé, que se encuentra muy próximo a la frontera onubense con Portugal y separando Andalucía de Extremadura por el río Sillo, existe la leyenda de “Fuente Blanca”, un manantial de agua transparente y rodeada de piedras blancas. Cuenta esa leyenda que todo aquel de corazón limpio que bebe de sus aguas, ve cumplidos sus deseos.

Antonio salió por la puerta de su casa camino de la tasca donde le esperaban sus amigos. Al doblar la primera esquina un inesperado golpe de viento casi le tira al suelo. La noche estaba cerrada con un fuerte temporal de agua, frío y viento.

Al llegar a su destino se quitó el empapado tabardo y saludo a sus amigos – “Buenas noches, por decir algo. Vaya nochecita nos espera”.

Uno de sus viejos amigos le dijo – “¿Imagino que hoy no quieres perder a los dados?

Antonio pensativo y con cara de pocas bromas, repuso – “Hoy no amigo. ¿Sabéis una cosa? Estoy cansado de la vida que llevo y mañana me marcho con las mulas a Portugal,…, pongo en venta los animales y Santas Pascuas”

Uno de sus tres amigos le dijo – “Pues malas fechas son estas Antonio. Borrasca fuerte con viento y lluvia, en fin por muy bien que conozcas los barrancos, los pasos de las dehesas y los vados del río, ya puedes tener cuidado. Nos estamos haciendo viejos”

Otro de sus amigos comentó – “Además, los lobos están hambrientos y haciendo de las suyas, como bien sabéis”

El mayor de los tertulianos apostilló diciendo – “Bueno amigos, no seáis tan negativos,  aunque nadie conozca su paradero siempre le quedará Fuente blanca”, ante lo que todos comenzaron a reírse con fuerza.

Antonio, serio y cargado de razones personales, dijo de forma tajante – “Eso son tonterías y cuentos de niños. Me voy a Portugal y comienzo una nueva vida. Estoy cansado de tanto acarrear leña, corcho, trigo,…, y quiero vivir tranquilo. En tres o cuatro días estaré de regreso con vosotros.”

El día despertó con gruesas nubes y fuertes rachas de viento  húmedo y  frío. Antonio enjaezó la reata de mulas y acompañado de su noble perra “Mora” emprendió el camino con las primeras luces del alba. Durante la larga y sinuosa bajada al río Sillo, la perra erizó los pelos de su grupa y comenzó a gruñir mientras olisqueaba el suelo. Antonio le dijo – “Déjalo Mora, ya sabemos que los lobos rondan estos caminos” – y continuaron su largo viaje.

El río bajaba impetuoso, con un ruido estremecedor y sus oscuras aguas no dejaban ver la zona más adecuada para vadearlo. Por fin, Antonio decidió cruzar por un presunto tramo que era o parecía menos profundo. A mitad del paso, las mulas asustadas comenzaron a forcejear entre ellas con sonoros relinchos de pánico. La reata se partió en dos y algunas bestias fueron arrastradas por la corriente. Mora comenzó a ladrar y se lanzó de forma heroica tras las mulas que se tragaba la corriente, y también ella desapareció engullida por las aguas. Antonio recuperó al resto de animales que aún seguían atados y les acercó para amarrarlos a una vieja encina de la orilla. Acto seguido, salió corriendo río abajo por la orilla del Sillo gritando como un loco – “MORA”…”MORA”, mientras era observado desde las alturas por un milano.

milano

Antonio escuchó, en dirección opuesta un extraño ruido, con gruñidos, golpes y relinchos, que le hizo pararse en seco. Un terrible escalofrío erizó sus cabellos,…, y rápidamente pensó “Los lobos, maldita sea…”, y sin pararse un segundo más, comenzó una alocada carrera hacia la encina donde dejó atadas al resto de sus mulas, sufriendo en el camino varias caídas al suelo. Al llegar su desesperación provocó que dos gruesas lágrimas recorrieran su agrietado rostro. Bajo aquella solitaria encina tan sólo había restos de ramas rotas, trozos esparcidos de cuerda, sangre y barro.

Abatido se sentó en el suelo y pensó – “He salido con doce mulas y Mora,…, y ahora estoy sólo, agotado y sin saber qué tengo que hacer”. Sacó una manta de su zurrón y se recostó en el tronco de la encina. Su cabeza daba mil vueltas a lo ocurrido y la noche comenzaba a echar su oscuro y gélido manto. Agotado y dolorido, se quedó profundamente dormido.

Con las primeras luces del alba, un sonoro golpe despertó a Antonio. Un halcón acababa de golpear a una infortunada paloma que se debatía entre sus garras. Se sentó en una roca soleada y mientras miraba al infinito cielo azul del invierno en la sierra, decidió seguir buscando a sus animales. Caminó durante horas siguiendo el cauce del río, rastreó los espesos encinares de las laderas que lo jalonan y comenzó a subir por las praderas menos arboladas para buscar un punto elevado que le permitiera tener un mayor campo de visión. Coronando uno de los cerros vio una pradera verde que tenía un extraño montón de piedras blancas. Se acercó al lugar y observó que allí brotaba un pequeño manantial de aguas cristalinas rodeado por cantos blancos. Metió sus manos en el agua, se lavó la cara y bebió con los ojos cerrados mientras pensaba – “Esto es una pesadilla, no puede ser cierto,…, ¿será un mal sueño?.

 

 

Entonces escuchó un ladrido en la lejanía y abrió con violencia sus párpados. Era su perra “Mora” que venía corriendo y moviendo con rabia su peluda cola. Los dos se fundieron en un abrazo que le hizo perder el equilibrio y caer rodando al suelo entre risas y lágrimas. Antonio se levantó lentamente, mientras Mora ladraba con insistencia a su espalda. Al girarse vio atónito a sus doce mulas entre las retamas   pastando en la pradera. Rápidamente con algunos trozos recuperados de cuerda, amarró a los animales mientras en su cabeza se repetía una y otra vez – “No sé qué ha pasado, pero esta pesadilla ha sido tan solo eso, un mal sueño…”. Como intentando salir de aquel terrible delirio, se frotó con fuerza los ojos y al mirar hacia el suelo vio sus ropas ajadas, manchas de barro y sangre en los pantalones, rasguños sanguinolentos en sus brazos,…, no fue un sueño. Confuso y abatido comenzó su camino de regreso al pueblo con lentitud y no perdiendo de vista a su querida “Mora”.

Su experiencia de arriero en aquellos campos, le indicó  que había algo extraño en el lugar y se sentía observado. Se paró en seco y volvió la vista hacia el río. En lo alto de un pequeño montículo de tierra, a escasos cincuenta metros de él, un imponente lobo le estaba observando. Agarró con fuerza el palo de olivo que le servía de apoyo y miro de nuevo a sus animales. Entonces se percató extrañado que las mulas no se alertaran y siguieran caminando tranquilas, además su perra no gruñía, ni ladraba a aquel lobo. Cuando miró de nuevo en dirección al río, el lobo sin dejar de mirarle a los ojos, descendió lentamente del montículo y comenzó a caminar en dirección al oscuro bosque donde desapareció entre las sombras.

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