La pandemia y el valor puro

La pandemia y el valor puro

¿Y si se nos fuera de las manos? ¿Y si esta pandemia que estamos viviendo que nos ha cogido a todos desprevenidos entrara en una fase absoluta de descontrol?

¿Qué pasaría si nos viéramos obligados a emigrar, a emprender un incierto viaje hacia lo desconocido y por ende avanzar paradójicamente hacia el pasado?

La respuesta es bien sencilla. Habría que empezar de cero. Pero de cero cero. Dudo que a largo plazo sobreviviera un 10% de la población, la mayoría, tribus no contactadas perdidas en los últimos rincones virginales e ilesos de la tierra. Una vez que los recursos modernos que nos han hecho la vida tan cómoda, y que nos han convertido en auténticos parásitos de nuestros propios éxitos en los últimos siglos desaparecieran, sólo unos pocos dotados de ingenio y una inteligencia mucho más pragmática podrían convertirse en líideres de una nueva estirpe de hombres salvajes, preparados para vivir de nuevo en un hogar primigenio.

Le Moustier Neanderthals, AMNH

Aprender lo desaprendido

En este nuevo supuesto de encarar una resplandeciente forma de vida radicalmente opuesta a la cotidianidad de nuestro día a día anterior, nos veríamos obligados a revivir diferentes periodos de la historia de la humanidad más remota en un déjà vu sin precedentes. Desenterrar el comportamiento y habilidades de nuestros antepasados.

Pero vamos tratar de visualizar ese supuesto. Imaginemos que tuviéramos que abandonar nuestras ciudades y pueblos por miedo a un contagio letal. Para empezar, habría que aprender a construir nuestra propia cabaña, un refugio que nos garantizara sobrevivir al invierno que al fin y al cabo es el RETO anual de la mayoría de especies independientes de cualquier tipo de tecnología. “La vida consiste en llegar a la primavera” dice el profesor Juan Luis Arsuaga…  Tallar piedras para construir nuestras propias herramientas con materiales que no abundan, crear luz y calor frotando ramas, elaborar los imprescindibles cordajes, curtir pieles de abrigo,  fabricar utensilios de caza y pesca, construir embarcaciones, jabones o productos contra los parásitos (agente causante de grandes diezmos poblacionales en civilizaciones antiguas), pasta de dientes a base de arcillas, etc. Y todo ello, en un entorno natural sin el más mínimo contacto con tecnologías modernas.

A la par tendríamos que poner a prueba los instintos perdidos de orientación y rastreo, inventar juegos que logren arrancar una sonrisa a los niños y de paso reforzar la comunicación oral imaginando en las estrellas del cielo leyendas a través de sus trazos invisibles.

“La vida consiste en llegar a la primavera” dice el profesor Juan Luis Arsuaga…

La supervivencia está en nuestro ADN

En la doble hélice que conforma nuestro ADN se encuentra registrado todo lo que hemos sido durante miles de años, quedando grabado como en una cinta de video. Pero, ¿es posible rescatar de nuestros propios genes el instinto de supervivencia, actualmente oculto pero persistente en ese ADN? Se me antoja quimérico en un colectivo con una serie de arraigos contaminados que han ido sustituyendo aquellos valores puros bajo la empañada sociedad en la que vivimos donde prima la comodidad y el individuo, frente a la lucha por la consecución de desafíos y el espíritu de equipo.

La terminología que podría ponerse en marcha es infinita y deliciosa a los ojos de los visionarios por un mundo más sostenible: el trabajo en grupo y la cooperación desinteresada, la autoestima, la motivación, la propia iniciativa, la autorrealización, el aprendizaje, la adaptabilidad, la orientación al logro, la creatividad, la toma de decisiones y sobretodo el compromiso.

Esperemos que todo quede en un susto, pero también que la experiencia vivida no nos haga olvidar quienes somos y sobretodo ser muy conscientes de que nuestra especie a la menor variación externa pierde su eficiencia. Esa tan necesaria para perpetuarse en nuestra burbuja.

[...] nuestra especie a la menor variación externa pierde su eficiencia.

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