Benigno Varillas

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Las desmovilización derivada de profesionalizar el ecologismo

Las nuevas tecnologías facilitan dos cosas antes imposibles: trabajar desde zonas remotas del campo y retransmitir al mundo lo que uno ve, oye, huele, palpa, saborea, siente, cuando entra en solitario y de puntillas en la naturaleza, en comunión con lo vivo y con lo inerte, piedras, luz, paisaje, cosmos… qué le diría yo, para describir la armonía Alcanzar el sueño de una vida integrado en la naturaleza, al obtener los ingresos necesarios con una profesión que permita teletrabajar. Hasta ahora esto no era así. La única forma que había de acercarse a ese ideal era elegir una profesión de campo, todas ellas neolíticas y por tanto asumiendo su parte negativa. Cuando unos pocos naturalistas se agruparon allá por la década de 1970 en asociaciones para impedir la destrucción de la naturaleza, salían al campo y militaban en el tiempo libre que les dejaba el trabajo o los estudios. Pasada una década eran ya 100.000 personas las que pagaban su cuota al centenar de asociaciones ecologistas que había en España. Empezaron a liberar a algunos de ellos para llevar la burocracia de la asociación. Eso redujo la militancia. Para eso ya pagaban al liberado.

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Trabajo y Naturaleza

Ruinas de guardar el campo que ahora lo salvarían

En mi infancia no había coches, automóviles, utilitarios. Sólo camiones, autobuses, taxis y grandes limousines de millonarios. El primer vehículo a motor que aparcó en el callejón sin asfaltar de nuestra casa salimos corriendo a verlo. Discutíamos los niños si era haiga o no, pues tenía cuatro puertas y eso, por alguna película, sospechábamos era exclusivo de un gran coche. No parecía demasiado rechoncho para haiga. Era Gordini, sin los ángulos picudos del Cadillac, pero lo de las cuatro puertas nos animó que habíamos visto un haiga. A pesar de sus redondeces el Gordini era el deportivo del momento. Superaba en 10 km/h los 105 de velocidad máxima que de media alcanzaban los 90.000 vehículos que había en 1962 en España. Costaba 200.000 pesetas, el sueldo de 15 años de un obrero de la época. Era impensable que los guardas de los parques nacionales y los cotos de caza o sus directores y capataces, o los ganaderos, vivieran en la ciudad y fueran al campo a diario, como hacen ahora.

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España Vaciada

El chocolate del loro que se da a los ecologistas

La crisis de 2008 hizo que se dejaran de convocar plazas a guardas y mermaran las ayudas a los ecologistas. Al tiempo, las nuevas tecnologías avanzan. Permiten ya que la conservación de la naturaleza no cueste dinero al contribuyente. Bastaría con acoger en el campo a un nuevo tejido humano rural dedicado a una economía productiva que desarrolle las nuevas tecnologías y la industria cultural, al tiempo que cuide y disfrute de los paraísos naturales. Podría, permitir que todo amante del campo pueda vivir en él y defenderlo. Un veterano conservacionista de trayectoria reconocida, propuso en 2017 a un centenar de naturalistas de campo del sector de las ONG profesionalizadas que, siendo los que disfrutan a diario la fauna emblemática, añadieran a su labor de rastreo la de difundir lo que sienten cuando vagan libres por el campo. También propuso que dado que plazas de agentes ambientales no hay en estos años de crisis, se avance incorporando a la vigilancia al sector social que realizaba esa función cuando el Estado era un destructor de la vida silvestre.

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Valle_de_Iruelas_-_Vista_desde_el_mirador_de_buitres
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Conservación Activa

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