Suspensos en "Vida"

Tierra Contaminación

Nuestra civilización acaba de suspender una prueba  importante.

Creíamos que nuestros conocimientos serían suficientes para lucirnos en competencia sanitaria, solidaridad y responsabilidad. Con virtudes de opereta, catear es lo esperable si viene un examen imprevisto.

Un virus no demasiado virulento ha provocado el caos en la gestión gubernamental, la rapiña de mascarillas y respiradores durante las escalas en países “amigos” y el comportamiento irresponsable de una población que no ceja en su picaresca hasta rayar la estupidez.

Por primera vez, desde que la mente humana consiguió pulverizar la competencia ecológica, hemos perdido una batalla global frente a la naturaleza; lo que era una madre esclavizada y ciega, parece haberse erizado para lanzarnos una imprecación y reventarnos el tinglado logístico de la civilización.

Y es que todo es cuestión de tiempo; si puede pasar pasará. La naturaleza es paciente y tiene memoria para penalizar todos los excesos de la especie. Si no es ahora será dentro de cincuenta años o de mil, si no es con 8.000 millones de seres humanos será con 10.000 o con 20.000, si no es por el cambio climático, será por una hecatombe sanitaria… o por todo junto, porque todo está relacionado.

Emergencia Ecológica

Cuando los problemas desbordan la gestión política e ideológica, no basta con delegar temporalmente a la tecnología la búsqueda de soluciones, sino que la situación obliga a abdicar en la ciencia para tomar decisiones correctas sobre problemas reales.

Pero esto sólo será imposible si hay un consenso de la sociedad sobre qué problemas son prioritarios, y eso se hace con conocimientos objetivos y valentía para asumir medidas. Mientras la emergencia de una enfermedad sea más intimidante que el cambio climático y que la pérdida de biodiversidad, no comprenderemos que lo primero es causa de lo segundo. Y mientras los valores morales no tengan a la ciencia como viento de cola, la sociedad se quedará varada en diatribas ineficaces entre sectores ideológicos antagónicos, porque esto no se soluciona tirándose mocos unos a otros. La realidad es muy tozuda y ningún impostor con labia podrá esconderse detrás de la consigna “hago el bien” u ofrecer un cordero en sacrificio esperando dar la campanada y ser recordado por un gesto memorable. Si los políticos no optan por cortar el brazo para salvar el cuerpo, tarde o temprano la gangrena se habrá extendido y provocará un colapso.

Es un problema ontológico en la base y epistemológico en la superficie. Carecemos de la consciencia de un valor universal en el que debería militar todo el mundo y todas las ideologías: el respeto a la Vida.

La Vida tiene su base en los procesos que ocurren en los espacios naturales. Y aquí es donde un viejo aforismo adquiere toda la potencia: no se protege lo que no se valora, no se valora lo que no se conoce.

Esto hay que construirlo desde la base, en la educación. Pero para ello debe haber unas directrices claras que den respaldo y motivación a los educadores y a las familias, responsables de proporcionar la base moral e intelectual de los jóvenes.

Carecemos de la consciencia de un valor universal en el que debería militar todo el mundo y todas las ideologías: el respeto a la Vida.

Sorprende preguntar a los alumnos de bachillerato por el calentamiento global y que respondan que es una hipótesis catastrofista. Esto no es algo aislado. Sorprende que a estos alumnos españoles se le pregunte por una especie en peligro de extinción y respondan “la mofeta” o algo peor. Sorprende que se les pregunte por un parque nacional español, por un par de ríos de su provincia y por una especie arbórea dominante en la España mediterránea, y nadie sepa responder, ¡ni uno!. Que se les pregunte por Félix Rodríguez de la Fuente y que ninguno haya oído hablar de él.

¿Qué está pasando? Está claro, hemos suspendido y seguiremos haciéndolo (la sociedad, no los alumnos, que son sujetos pasivos de la educación); pero, mientras tanto, la naturaleza, ya sea en forma de virus zoonótico desmadrado o de catástrofes naturales, actuará como un auténtico látigo que como especie nos llevará a las puertas del purgatorio.

Pero que nadie piense que el planeta es vengativo. Todo responde a leyes causales e invariables, sin prebendas para los fueros y privilegios de la especie elegida. Atengámonos a ellas.

Hemos suspendido y seguiremos haciéndolo [...] pero, mientras tanto, la naturaleza, ya sea en forma de virus zoonótico desmadrado o de catástrofes naturales, actuará como un auténtico látigo que como especie nos llevará a las puertas del purgatorio.

Caballo de Przewalski en el Domaine des grottes de Han (Han-sur-Lesse, Bélgica).

Caballos de Przewalkski, en Paleolítico Vivo.

Si queremos defendernos de desastres, debemos empezar a darle a la biología ambiental, a nuestro patrimonio natural y a nuestros seres vivos la importancia que tienen. Así, con la ciencia y un código cimentado en las leyes ecológicas, la curiosidad de nuestros jóvenes se convertirá en asombro cuando vean un rebaño de ovejas trashumantes, un roble milenario barrenado por el rayo, una nutria en el río o un caballo de Prewalski en una reserva educativa. Que el verdadero dilema de los espacios naturales sea cómo conservarlos para denotar su función de enormes museos vivientes que nos sirven oxígeno, agua, clima, ganado, defensa frente a plagas y enfermedades y disfrute espiritual. Que el rechazo al plástico, a los incendios o a los venenos sean parte de la lealtad insobornable a nuestra tierra. Que el patrimonio admirado no sean sólo obras humanas, sino los arcanos ocultos en los bosques y las prístinas orillas del mar, que aún quedan sin sepultar bajo urbanizaciones para alojar a pellejudos y barrigones…

Vivimos en un tiempo prestado y esto no se soluciona con achuchones y arcoíris, ni siquiera con la intervención estelar de la ciencia. Es necesario vincular el conocimiento a los valores y que esos valores prioricen el respeto a la vida salvaje.

Gerardo Rodríguez Mirallas
Gerardo Rodríguez MirallasProfesor de biología en el Colegio Ntra. Sra. Del Carmen de León y Documentalista del proyecto de divulgación “El Juego de Darwin”

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